Balance a un año de Gobierno de Bachelet… ¿Y el progresismo, dónde está?


bacheletismo
Un año de gobierno de Michelle Bachellet. Cuarto gobierno de la Concertación. La coalición política que lleva más años de gobierno en el mundo debería tener motivos para festejar, sentirse segura, avanzar en su proyecto histórico. Por lo demás, este gobierno, llegó a La Moneda con un nivel altísimo de apoyo y expectativas, quizás sólo comparable con el primero, el de Aylwin, con escenas de multitudes festejando en las calles a la primera presidente mujer en la historia de Chile…

La imagen de miles de mujeres poniéndose la banda presidencial era el símbolo perfecto para señalar la llegada de una presidenta, que en su programa y discurso, proponía un gobierno cercano a los hasta ahora sólo espectadores de la gobernable democracia chilena. Sería, se decía, un verdadero “gobierno ciudadano”, preocupado de las múltiples falencias y grietas que comienzan a ser cada vez más evidentes en el Chile real de hoy, el que viven cotidianamente las mayorías, más allá de los diseños, programas, y la complacencia de una elite gobernante que simplemente vive otra realidad. Bachelet, sus círculos cercanos, el sector político que podríamos llamar como “progresismo” dentro de la Concertación, decian expresar un gobierno más cercano a las grandes mayorías de nuestro país.
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Pero, más allá de sus intenciones, ¿qué ha podido lograr, en concreto, el progresismo bacheletista? Aquí haremos un breve repaso por el recorrido por el que ha pasado el proceso político que llevó a Bachelet a la presidencia, intentando una pretendida mezcla entre “continuidad y cambio” con relación a lo que ha sido, hasta hoy, el gobierno concertacionista de más de 17 años en nuestro país.

El ahora es cuando de la Concertación progresista

La llegada de Bachelet a la presidencia de Chile es parte de un camino llevado a cabo por la Concertación “progresista”, que fue abriéndose paso a paso dentro de su coalición en los años anteriores, y que fueron expresados en la candidatura presidencial de Bachelet, y en otros personeros y espacios políticos que habían ido sumando apoyos dada la evidente derechización del programa político real de la Concertación.

lagos y bush

El proyecto de reformismo gradual dentro de los márgenes del neoliberalismo, impulsado por una capa de nuevas generaciones de concertacionistas, sobre todo del PPD y el PS (por oposición al ala más conservadora y derechista de la DC, en un contraste que se remonta al proceso político de la UP y la dictadura), vivió en los últimos tiempos un proceso de crecimiento y generalización no menor. La crítica a “las imperfecciones del modelo” surgidas tímidamente entre algunos concertacionistas tras la depresión económica generado por la crisis asiática, hizo emerger la conocida contradicción entre las dos almas de la Concertación (la “autocomplaciente” y la “autoflagelante”, a fines de los noventa), que, en el mediano plazo, ha decantado en un debate generalizado entre las elites políticas y económicas chilenas. Incluso entre la derecha política y el alto empresariado se ha colocado en el centro de las preocupaciones las tensiones sociales, económicas, y hasta geopolíticas que tiene el modelo de desarrollo chileno.

Así las cosas, si en 1997 surgió claramente un sector crítico desde la izquierda de la Concertación, hoy, la autocomplacencia y el conformismo que estos rechazaban es cada vez menor en todo el espectro de las elites políticas y empresariales, y cunde entre ellas una preocupación creciente por las falencias del modelo, cuestión amplificada en los últimos tiempos por un progresivo ánimo de descontento y de incipientes luchas sociales entre las mayorías.

En tales circunstancias (que van mucho más allá que el proyecto concertacionista), se explica el ascenso de los actores políticos expresados en la persona de Michelle Bachelet, cuyo discurso y programa intenta realizar un difícil equilibrio entre “continuismo y cambio”, entre el hasta ahora intocado y muy profundizado neoliberalismo a la chilena , y las urgentes reformas sociales necesarias para su supervivencia a largo plazo. Reformar, modificar los aspectos más crudos del modelo, para continuar con el camino realizado las últimas tres décadas de políticas neoliberales, parecía ser el programa bacheletista.

Expresivo a este respecto es una de las prioridades de su programa presidencial: la reforma previsional, un problema estructural de dos vías: por una, la crisis social de hecho que pronto se desatará si es que no se realizan cambios profundos en el sistema de pensiones, que aquejará a millones de chilenos sin y con muy poco resguardo económico en un futuro no muy lejano, y por la otra, los enormes intereses económicos enclavados en las AFP`s, que han operado en el Chile neoliberal como el centro financiero de las elites empresariales, poniendo bajo su control enormes cantidades de capital, en rigor, extraído en condiciones muy favorables para ellas, de la masa salarial de los trabajadores chilenos.

Por otra parte, su pretensión programática de no sólo más, sino que de “mejores empleos”, toca un aspecto central en cómo se ha sostenido el crecimiento económico chileno: con una alta explotación y precariedad laboral, que redunda en bajos costos para la acumulación capitalista en Chile. Es el tantas veces alurdido clima favorable para la inversión que hace rentable para el capital extranjero invertir en nuestro país, cuyo modelo económico, su crecimiento e inserción internacional, depende casi totalmente de la variable de fuerza de trabajo a bajo costo, repitiendo una tradicional dificultad de las elites chilenas. A éstas, en toda su historia como elite gobernante, les ha sido imposible propiciar siquiera mínimos niveles de acumulación de capital propia, y por tanto, posibilidades de desarrollo productivo, colocándose tan sólo como operador nacional y socio local de los grandes capitales de los países dominantes que vienen a extraer materias primas de baja elaboración. Esto ha terminado, una y otra vez, con una presión a la baja de unos ya precarios salarios, y más en general, con la pauperización de la calidad de las condiciones de trabajo y de vida, sobre todo cuando alguna circunstancia económica mundial impide en algo la rentabilidad de las cuantiosas exportaciones nacionales. La relevancia de esta actividad exportadora de materias primas para el proyecto de las elites, ha hecho extremadamente débil nuestro modelo productivo ante las fluctuaciones de los mercados internacionales, generando una y otra vez en nuestra historia estancamientos, recesiones, o crisis, en la economía chilena. No por nada, Chile apareció com el país más afectado del mundo por la famosa crisis de 1929. O, para no ir tan lejos, gravemente afectado por la depresión asiática de 1997 y los años posteriores, después de los cuales no ha vuelto a recuperar los nivees de crecimiento de los año noventa, a estas alturas, tan añorados por las elites económicas del país.

justicia ambiental

La otra ventaja comparativa de nuestro país, la intensiva explotación de recursos naturales con una muy baja protección ambiental, ha gatillado incipientes luchas y articulaciones sociales que tienen como eje la cuestión de la protección del medio ambiente y las localidades productivas ante el impulso de las grandes inversiones privadas. Muchas veces, esto toca muy de cerca al central tema de recuperación de los recursos naturales nacionales en manos de los grandes capitales extranjeros y “nacionales” (en rigor, casi siempre, santiaguinos, y del barrio alto de la capital), y que está comenzando a involucrar a cada vez más comunidades locales y regionales, en luchas concretas y cotidianas ante las manifestaciones reales del modelo en sus entornos de vidas locales.

Lo que tuvo de asertivo el sector progresista de la Concertación procede de su mirada a estos fenómenos, aunque tenga la limitación fundamental de intentar ocuparse de temas cuya solución implica modificar una buena de lo realizado por los gobiernos de su coalición, y romper con el sentido político con que se ha gobernado durante todos estos años de democracia antipopular. Esa limitación deja al progresismo como un operador más del conjunto de las derechas y elites empresariales del país, inclinándose cada vez más hacia la hegemonía neoliberal de todos estos años, como comenzó a quedar en evidencia tras unas movilizaciones estudiantiles de una magnitud imprevista, o en sus decisiones relativas a la política internacional, en un marco continental donde el “alineamiento” a dos bandos deja bastante claro el sentido con que se gobierna en cada país. O se está con el Sur, o se está con el Norte. No por nada, Chile figura como el país con más TLC´s del mundo, los que son, por esencia, herramientas de los países dominantes para extender sus mercados cautivos, subordinados. Y además, automarginado de los procesos de integración que se viven en el continente. Finalmente, el gobierno de Bachalet, o se ha abstenido, o ha tenido que reconocer sus mayores lazos y compromisos con el Norte, y sus aliados locales en continente.

bachelet, estas conmigo?
Michelle: ¿Con quién estás?

Dos tensiones políticas pusieron al gobierno de Bachelet ante el dilema de optar claramente por alguna opción que hiciera realidad el discurso progresista con que llegó a la presidencia. Los estudiantes secundarios interpelaron por varias semanas con frases como “Michelle, ¿estás conmigo?”, “¿Con quién estás?”, manifestando más que una duda con respecto al real alineamiento del gobierno bacheletista, y su lema de campaña, “Estoy Contigo”. Poco tiempo después, de nuevo tuvo que optar, ahora de cara a los alineamientos mundiales, para votar entre Chávez o Bush.

Así, al poco andar de este progresismo bacheletista a la cabeza del gobierno, tuvo dos tensiones donde se juega la estabilidad de mayo2006siete la coalición concertacionista. Primero, la crisis educacional, donde se mezcla una situación “objetiva” de crisis del sistema, con una creciente y explosiva politización de las nuevas generaciones de niños y jóvenes, que apuntan a un tema central en la insostenible desigualdad en Chile, cuestión no sólo relativa a los ingresos, sino que también a las escasísimas oportunidades y posibilidades de movilidad social en la sociedad chilena. El gobierno, que meses ante se autofestejaba como “el gobierno ciudadano”, “de cara al Chile real”, ahora tenía que vérsela con la manifestación social más grande desde la caída de la dictadura. Y respondió como siempre han respondido los gobiernos de la Concertación, con represión y soberbia, hasta que la magnitud de de la movilización, el peso de sus verdades, los hizo retroceder algo, y propiciar un mínimo diálogo y apertura hacia lo que se estaba planteando por los estudiantes. La movilización social logró accedes a la reación de un Comité Asesor con participación de los actores sociales, y una pluralidad política que no se ve mucho a nivel de la política nacional binominal. Pero sólo consultivo, sin capacidad de tomar decisiones. La democracia ciudadana que prometía Bachelet, sólo un discurso para la galería, como nos tienen acostumbrados los gobiernos de la Concertación.

La verdadera toma de decisiones, está bastante lejos de la ciudadanía de a pie. El palacio de Gobierno está bien resguardado (aunque a ratos alguien consigue quemarse “a lo bonzo” de vez en cuando), y si alguien peligroso llegara ahí, no importa… como dijo alguien de los círculos del poder concertacionista, se gobierna más desde Casa Piedra que desde La Moneda.

chavez bachelet

Si hay un problema que preocupa con urgencia a las elites chilenas que toman sus decisiones en la aludida Casa Piedra y demases, esta es la cuestión energética. El tema educacional puede llegar a ser importante, implica la proyección a futuro de su modelo, pero no urge tanto, mientras los estudiantes no estén en movilizaciones como las del año pasado. La debilidad energética significa una falencia importante en el modelo económico chileno, y dado su aislamiento de los procesos de integración continental, de seguro los costos de la energía subirán para el gran empresariado, retardando el crecimiento económico, que depende casi totalmente de las grandes empresas. Segunda gran tensión para el progresismo bacheletista. Dado el perfil de su historia, de su identidad política (o al menos, cultural), en los alineamientos políticos mundiales y continentales, el progresismo concertacionista debería optar por los procesos de integración americana, que por lo demás, tocan de manera central el desarrollo energético de la región. Pero no. Y han optado, una y otra vez, por intentar mantenerse en un espacio intermedio e indefinido, ni alineado del todo con las derechas del continente(asociadas firmemente con Bush y un neoliberalismo a ultranza, como Calderón en México, Uribe en Colombia, o Alan García en Perú), ni con los gobiernos populares y de izquierdas (mirando así muy a lo lejos los procesos de creación de una Política del Sur que encabezan Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Brasil, Nicaragua, o Ecuador). Pero tal posición ambigua se puede leer, en lo esencial, como una continuación de la línea aislacionista del gobierno de Chile, en un contexto continental tremendamente propicio para políticas progresistas, enfocadas en el desarollo integral de nuestras sociedades y en la integración latinoamericana (todos aspectos que el programa inicial de Bachelet contemplaba como objetivos).

Así, con un gobierno que siente que tiene que hacer una cosa y hace otra (“se abstiene”, como en la votación para el Consejo de Seguridad de la ONU), queda al descubierto tanto el aislamiento geopolítico del progresismo concertacionista en el contexto regional, como la fragilidad de la opción libremercadista y proimperial en materia de política exterior que siempre ha implementado la Concertación, y que tanto han aplaudido las elites económicas de nuestro país.

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Por que nadie niega que esta hizo, desde sus comienzos, una apuesta deliberada por la apertura comercial y financiera hacia las potencias del norte, ganando en inversiones y crecimiento de corto plazo, pero perdiendo en integración regional y desarrollo productivo. Tal opción, hasta hace poco le había dado ventaja a Chile en términos de crecimiento económico e inserción de sus productos en los mercados del Norte, pero que con la emergente centralidad que está tomando el tema energético en todo el mundo, hoy es una grave falencia para retomar el “crecimiento económico acelerado”, que era y sigue siendo la apuesta de la elite nacional para asegurar un mínimo de chorreo hacia abajo, y por tanto, la estabilidad social y política que la enorgullecieron en los noventa. La noticia de que el crecimiento de la economía chilena fue menor que el promedio sudamericano, o, peor aún, menos que la mitad que el de Venezuela y Argentina, dos países gobernados por presidentes “populistas” (como se les intenta caracterizar desde los medios masivos de comunicación), ha aumentado el nerviosismo entre las elites, que no ocultan la insatisfacción por el rendimiento económico de su tan alabado modelo.

marcha mapuche, santiago, plaza italia
Estas tensiones, de una gravedad inédita para las elites nacionales de nuestra historia reciente (tocan, todas, aspectos centrales del modelo, y se dan en un contexto mundial y regional que les dan un particular significado), tienen el añadido de que cruzan, hasta ahora, a un gobierno con un débil sustento partidario, dado que el progresismo bacheletista nació y está formado, por lo general, por nuevos y más jóvenes actores, ajenos al tradicional establishment de la Concertación, al llamado “partido transversal”, e incluso, al “laguismo”, cuyos principales actores miran con incredulidad el proyecto de cambio dentro de la continuidad que intenta impulsar la nueva presidencia. Por eso, los sectores más conservadores y neoliberales de la Concertación (y también “a la derecha” de ella) están operando un juego de “apoyo y tensionamiento” frente al progresismo bacheletista.

La rápida presión e intento de cooptación de los grandes poderes económicos frente un sector político supestamente más de centro izquierda (el progresismo que hoy encarna Bachelet), y que parecía llegar al gobierno con un intento de regenerar la política en su coalición y el país, ya se había vivido en cierto modo en los primeros años de Lagos, pero ahora se da en un contexto donde en la misma Concertación se habla derechamente de los riesgos en términos de consenso, estabilidad, y durabilidad de la coalición. El reacomodo de los actores políticos dominantes, tanto dentro de sus coaliciones, partidos, o sectores partidarios, es cada vez más evidente y a veces tenso, y deja, por tanto, un escaso margen de maniobra a los limitados intentos de reformas y “cambio” en los aspectos más cruciales que atraviesan al Chile de hoy, y que el gobierno de Bachelet había dicho pretender realizar.

Esto, a su vez, a ratos ha decantado en una tendencia creciente a asumir, por parte de los progresistas “más a la izquierda” de la Concertación, una crítica más sincera y una acción política que los hace acercarse a los temas y planteamientos de fondo que hoy plantean nuevos actores políticos y sociales ubicados en los extramuros de la política formal. Por lo demás, el importante y creciente apoyo electoral que reciben estos sectores políticos les demuestra la legitimidad y validez de sus posturas, y la sensación de estar presenciando movilizaciones sociales al alza los coloca como posibles interlocutores o referentes mediáticos de genuinas preocupaciones e intereses de las grandes mayorías chilenas. Pero no pasan de ser intentos, por ahora, aislados políticamente, sin incidencia en los planes centrales del gobierno, y sin el anclaje social que les permitiría poder avanzar algo más: los incipientes procesos de movilización, concientización, y articulación política de las grandes mayorías sociales de nuestro país, no tienen aún mucha articulación, no son tan masivos, y se mantienen prudentemente distantes o en rechazo al progresismo concertacionista, y en general, a todo lo que provenga de las elites políticas dominantes de nuestro país.

Así, el supuesto programa progresista de Michelle Bachelet y su sector político, han ido quedando cada vez más diluido en el peso de la noche concertacionista, y en las retorcidas lógicas políticas derivadas de un generalizado proceso de reordenamiento del mapa político chileno. La necesidad de gobernar con el centro político, e incluso con la derecha (cuestión que toca a muchos de los gobiernos más a la izquierda de nuestro continente, como Argentina, o más claramente, Uruguay o Brasil), sobre todo tras la rebelión de los estudiantes secundarios (que mostró el peligro que tiene para el gobierno de la Concertación una real politización ciudadana), ha terminado regenerando casi las mismas correlaciones de fuerza que desde siempre han gobernado a la coalición gobernante. Con muy pocas excepciones, este ha sido, más que nada, un gobierno de continuidad, con poco o nada de cambio.

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El carácter que ha ido tomando un discurso y acción altamente represivo hacia los movimientos y actores sociales que intentan hacer política desde abajo, quedó expresado en el nombramiento de Belisario Velasco como Ministro del Interior (y por tanto Vicepresidente de la República), personero de la Concertación dedicado al control de tensiones, movimientos y movilizaciones sociales, precisamente cuando el gobierno intentaba responder de forma más eficiente frente a la revolución pingüinacon alta incidencia y presencia en los medios. O también, en la decisión de no votar por Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU a pesar de la inicial intención interior de sí hacerlo. Estas coyunturas, expresaron, a mediados de año, un verdadero “autogolpe de estado blando” hacia el programa político anunciado. Las tensiones internas en la coalición gobernante rara vez han podido ser resueltas sin que el país sepa que algo pasa en la Concertación, y que la adhesión a ésta y su gobierno caiga progresivamente, aunque eso ocurra sin un alza en las posibilidades de un pronto avance de la Alianza derechista. Y eso, a pesar de la visibilidad que ha ido tomando el tema de la corrupción, como práctica generalizada y sistemática con que se han sustentado materialmente las elites y clientelas de la Concertación, gracias a los recursos del Estado.

Así las cosas, nada indica que el inmovilismo político del gobierno se modifique en alguna dirección que le dé sustentabilidad a su programa anunciado. El progresismo que se apreciaba en algunos de sus puntos se ha ido cerrando en un continuismo como el de siempre. Las grietas del aparato concertacionista le dejan poca capacidad de maniobra a Bachelet y su entorno, y las decisiones tomadas en los gobiernos anteriores le pesan a este como una carga difícil de sobrellevar, más aún, dado que no puede ni quiere romper con tal herencia política. El mencionado tema de la corrupción, o más clara y puntualmente, el del Transantiago, son dos problemas en que la herencia concertacionista pesa fuertemente al gobierno actual. Ambos, además, reforzados por las políticas del emblemático Ricardo Lagos, y su laguismo, privatizante, de oscuro proceder, y con altos montos de inversión y dinero flotando en alianzas público-privadas de dudosa ética política.

transantiago

Así, el bacheletismo parece estar pagando las culpas y los errores acumulados en 17 años de gobierno, y el resto de los actores políticos de la Concertación no hacen nada por descargarle en algo tal peso, y se dedican más a preparar sus caminos propios que a darle apoyo al círculo cercano a la presidenta, dado que todos, dentro y fuera de la Concertación, preveen una muy posible mutación del mapa político al que nos acostumbramos tras la salida de la dictadura. Tal escenario se verá quizás expresado en una reforma al desprestigiado sistema binominal, pero va mucho más allá de él. Son las diferencias internas en las dos grandes coaliciones, y más en general, las que cruzan los debates del conjunto de la clase gobernante en torno al camino a seguir hoy en día, las que más les preocupan. La reconstrucción del sistema político y partidario, las previsiones de nuevos alineamientos inter elites, muestran las tensiones que hoy por hoy les aquejan, el desgastamiento del proyecto histórico que las ha aglutinado en torno a un mismo modelo. La diferencia Concertación - Alianza, fundada en las diferencias “de piel” y de las historia personales de la clase política del país, con respecto a la dictadura militar, pierde cada vez más vigencia.

Saludo nazi en memoria del dictador pinochet

Hay cosas que han muerto. Otras, las más importantes, aún no.

Las imprevisibles escenas vistas tras la muerte de Pinochet nos mostraron los aspectos más extraños y particulares del neoliberalismo “a la chilena”: festejos multitudinarios acallados por los medios, y criticados y reprimidos por el gobierno supuestamente antipinochetista, acomplejadas discusiones sobre el carácter que debían tener las ceremonias oficiales, y una importante resonancia internacional a la muerte de un símbolo de la represión mucho más allá de estas lejanas tierras, pero también, de un país que, supuestamente gracias a su refundador gobierno, tomó la dirección política y económica que tanto promueven los detentores de la hegemonía y el poder a nivel global.

Este acontecimiento, que terminó de hacer desaparecer a la persona de Pinochet del escenario político nacional (claro está, no de su legado histórico), se dio en un momento en que el modelo que su gobierno comenzó a implementar hace tres décadas está poniéndose en duda, haciendo aún más anacrónicas las estructuras de los partidos y las coaliciones existentes en Chile, conformadas ya bastante tiempo atrás, en un contexto político en que la adhesión o rechazo hacia su persona (y la de sus círculos cercanos de civiles y militares), terminó tomando una importancia mayor que la posición frente al proyecto histórico que logró construir.

Así, finalmente, a pesar de que a las elites económicas les resulta difícil alejarse emocionalmente de la figura de Pinochet y su gobierno, les resulta totalmente inofensivo el añejo antipinochetismo de la Concertación, que aceptó y se vio cooptado por el modelo de país que deja intocados su proyecto neoliberal y sus privilegios como elite. Incluso, si proviene de un progresismo que lejanamente les recuerda a la UP, como queda de manifiesto cuando los ultraderechistas increpan a este “gobierno izquierdista”, pero en un contexto en que sus intereses de clase están, en lo esencial, bien cuidados por ese mismo gobierno. Porque, para tranquilidad de las elites del país, es este, hasta ahora, un gobierno claramente pro empresarial, neoliberal, y con poco y nada de democracia.

bachelet rima con pinochet

De las buenas intenciones, de las proclamas de cambio, de las Grandes Alamedas a las que aludió la Presidenta en su discurso inaugural, del Gobierno Ciudadano, de la integración a nuestro continente… nada de nada, a un año. Y nada indica que vendrá algo mejor, al menos, desde los erráticos caminos del “progresismo”, su presidenta, y su supuestamente exitosa coalición.

Por: Amauta,
Héctor Testa Ferreira,
desde el quinto infierno

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Comentarios de los Lectores

¿Dijo “Con+Ser+Traición” de Partidos por la Democracia?

…Carlos Altamirano Orrego comentó una vez que, cuando él inició la renovación del PS, nunca imaginó estar fundado “una agencia de empleos”…

En fin, al pueblo vencido, ¡el Transantiago lo ha unido!

como dijiera el Chavo del Ocho, eso, eso eso…
salud desde La Frontera
M

Les presentamos un artículo aparecido en el diario de derechas El Mercurio, que señala que “el bacheletismo se ha inmolado”:

Domingo 1 de abril de 2007

El eje “Mapu-Martínez” termina por instalarse en La Moneda:
El bacheletismo se inmola para salvar a Bachelet

Presionada por la magnitud de una crisis para la que no encontraba salida, la Presidenta debió sacrificar los pilares básicos que sustentaban su administración. Esta semana no sólo eliminó la paridad de género y los rostros nuevos en su gabinete. También debió entregarse al sector en que menos confía en un intento por rescatar su gobierno.

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SERGIO ESPINOSA y PILAR MOLINA

Sola. En las últimas semanas, la soledad del poder que caracteriza a los gobernantes ha llegado a niveles insoportables para la Presidenta Michelle Bachelet. No sólo les ha confesado a sus más cercanos su desesperación por el veloz deterioro que ha experimentado su gobierno, cuando apenas lleva un año en el poder, sino que también ha dado a entender que en el fondo no sabe muy bien cómo resolver la crisis política desatada por los problemas en la implementación del Transantiago.

En este cuadro, la pérdida de la armonía y convivencia interna de la Concertación ha acentuado en ella un sentimiento de abandono de parte del oficialismo en plena tormenta. Cuando el diputado DC Gabriel Ascencio calificó el martes de “telenovela barata” el mea culpa que hizo la Mandataria por televisión la noche del lunes por el caos en el transporte, pocos salieron a criticar al parlamentario.

Con esos mismos confidentes Bachelet se ha quejado de que no cuenta con gente de confianza a la cual acudir en busca de ayuda. Como en el gobierno de Lagos, su círculo de confianza está radicado en el equipo de asesores que la acompañan en La Moneda. Pero el peso político y la trayectoria del “segundo piso” laguista es sideral frente a la juventud y escasa experiencia del “entrepiso” bacheletista.

Desahogos en la gira

Los síntomas acerca de la real magnitud de la crisis los comenzó a percibir en plena gira por México, Guatemala y Panamá. Pese a las alarmantes noticias que llegaban desde Santiago -personeros oficialistas demandando un cambio de gabinete, críticas transversales al Transantiago, el empresario microbusero Manuel Navarrete pidiendo reintegrar la antigua malla de recorridos y la oposición amenazando con acusar constitucionalmente al ministro Sergio Espejo-, la Mandataria logró mantener la tranquilidad, al menos públicamente.

“Nunca hizo notar su preocupación por la crisis durante la gira, se manejó con mucha cautela”, recuerda un diputado que viajó con ella. La única excepción fue durante una cita con los partidos políticos mexicanos, cuando se retiró presurosa de la sala por 10 minutos para atender una llamada urgente desde Chile.

Incluso, pese a la apretada agenda que debió cumplir durante el periplo, siempre se dio un tiempo para compartir con el resto de la comitiva al final de cada jornada, en las que mostraba su característica afabilidad. Pero, según un dirigente que la conoce bien, “lo está pasando pésimo”. La procesión iba por dentro.

Los pecados de la Presidenta

Mientras recorría Centroamérica, Bachelet admitió en privado que su equipo político no estaba funcionando y los problemas del Transantiago la tenían muy sensibilizada. Según otro participante de la gira, recordó las dudas que había tenido para estrenar el nuevo sistema de transportes el 10 de febrero y que la decisión de no postergarlo la había tomado “engañada” por sus ministros.

Su mayor desahogo, sin embargo, ocurrió durante una cena privada en Ciudad de Panamá, cuando se aprestaba a regresar a Chile. Con un reducido grupo de comensales, se quejó amargamente y criticó con inusitada rabia al ex Presidente Lagos, por su responsabilidad en el deficiente diseño del sistema de transportes y los enormes costos que ella estaba pagando por eso.

Según la misma fuente, Bachelet “es una mujer receptiva, que sabe escuchar y quiere hacerlo bien, pero está sola”. Todo, en momentos en que a las críticas destempladas de parlamentarios como Ascencio, se sumaron esta semana análisis internacionales como el de la influyente revista británica “The Economist”, que reprodujo las dudas que flotan en el ambiente sobre las habilidades de la Mandataria para gobernar.

“La peor crisis que ha enfrentado la Concertación le tocó a una Presidenta que no tiene la experiencia política suficiente”, grafica un personero laguista.

Por lo mismo, si Bachelet se siente sola, para no pocos observadores está pagando sus propios pecados. Porque más allá del caos desatado por el Transantiago, en la Concertación concuerdan en que lo que ha hecho crisis es el modelo sobre el cual se sustentaba el bacheletismo.

El mismo que debió ser sacrificado esta semana para salvar al Gobierno.

Marcando distancias

Bachelet siempre despreció al grupo “Mapu-Martínez”, el equipo que manejó la transición a fines de los 80 y gran parte de los 90, cuando centros de estudios como FLACSO y Cieplán armaron los acuerdos políticos y económicos en los primeros años tras el regreso de la democracia con figuras como Gutenberg Martínez a la cabeza de la DC, José Antonio Viera-Gallo en la presidencia de la Cámara, Gabriel Valdés haciendo lo propio en el Senado, y Alejandro Foxley (Hacienda), Belisario Velasco (Interior), Enrique Correa (Segegob) y René Cortázar (Trabajo) trabajando en el Gobierno.

Ese equipo transversal, que estuvo presente en el gobierno de Patricio Aylwin y fue declinando hacia el de Ricardo Lagos, no tenía cabida en el diseño original de la administración bacheletista.

Un personero concertacionista recuerda que, como representante de la izquierda más dura, ella siempre renegó de quienes negociaron para participar en el plebiscito de 1988, cedieron en la transición y se renovaron. “Bachelet detestaba el Mapu como signo de negociación, transición y concupiscencia con los poderes fácticos”, resume.

El bacheletismo, por tanto, fue concebido como una contraposición a ese estilo, sosteniéndose sobre la paridad de género, las caras nuevas, el carácter ciudadano y la meritocracia, como pilares fundacionales del nuevo gobierno.

Esos rasgos se reflejaron nítidamente en el nombramiento de su primer gabinete, donde -salvo Andrés Zaldívar y Alejandro Foxley- prescindió de los rostros históricos, a pesar que varios de ellos la ayudaron a alcanzar el poder. También en la incorporación igualitaria de hombres y mujeres, privilegiando la equidad de género por sobre las reales capacidades. Y, por último, en la distancia que marcó frente a los partidos, viéndolos como la antítesis del modelo ciudadano que sería el sello de su administración.

Esos mismos pilares son los que se vinieron abajo con el ajuste que debió realizar el lunes 26.

Regresan las viejas glorias

En La Moneda defienden que la llegada de Marcelo Tokman al independizado Ministerio de Energía, José Goñi a Defensa, Ana Lya Uriarte a la nueva cartera de Medio Ambiente y Carlos Maldonado a Justicia, le permitió a Bachelet sostener la tesis de que siguen incorporándose rostros frescos y relativamente jóvenes a la primera línea del Ejecutivo.

Sin embargo, lo cierto es que fueron los nombramientos de Cortázar y Viera-Gallo en dos áreas clave que enfrentaban sendas crisis -el plan de transportes, por un lado, y la relación con los partidos y la sequía legislativa, por el otro- , los que marcaron la pauta. Y, con ello, el regreso de los viejos estandartes del Mapu-Martínez -o el “aylwinismo”, como acotan otros observadores- que anteriormente había mirado con desdén.

Un personero concertacionista asegura que hay más síntomas de ello. El propio Enrique Correa -quien apoyó a Soledad Alvear en la definición presidencial oficialista en 2005, por lo que se convirtió en persona non grata para el gobierno durante el primer año- fue visto ingresando a La Moneda por el subterráneo dos veces en los últimos días.

Las debilidades del diseño político del Gobierno bacheletista también son reconocidas al interior del propio Gobierno. Una fuente de Palacio explica que intervenir por segunda vez el equipo ministerial en ocho meses entregaba una señal de ingobernabilidad. Por lo mismo, nadie esperaba el ajuste en el momento en que ocurrió (ver página D 7).

Con todo, la presión de los partidos por un cambio drástico se había vuelto insostenible y, buscando algún beneficio, se evaluaría posteriormente que era una señal de autoridad que la Presidenta hubiese sido capaz de desprenderse de ministros tan cercanos como Paulina Veloso e Isidro Solís, equiparándolo al gesto de autoridad que tuvo Lagos cuando en su momento se deshizo de sus amigos personales Álvaro García y Carlos Cruz.

Dudas en el horizonte

Pero el nuevo equipo no está exento de dificultades y desafíos. La principal es el evidente desequilibrio que existe entre un team económico mucho más sólido y afiatado que su símil político, donde se espera que Viera-Gallo asuma el papel articulador que Belisario Velasco no ha podido cumplir como jefe de Gabinete, llenando así el vacío de poder que hoy evidencia el Gobierno.

Al interior del revitalizado “Mapu-Martínez” son más escépticos. “El diseño de Bachelet no incluye un ‘panzer’. Belisario no ha dejado de ser un excelente subsecretario y Viera-Gallo es perfecto para mejorar la relación con los partidos y los parlamentarios, pero no es un conductor con las antenas paradas en todos los temas y capaz de apagar incendios, como Insulza”, dice un miembro de este grupo.

Asimismo, el sello liberal del grupo liderado por el titular de Hacienda Andrés Velasco -y que reforzó sus huestes con la llegada de Tokman a Energía, sumándose a Karen Poniachik (Minería), Eduardo Bitrán (OO.PP.) y Ferreiro (Economía)- marca un contraste con el carácter solidario y proteccionista que quiere imprimirle Bachelet a su administración.

En cuanto al Transantiago, en el oficialismo tienen claro que la llegada de Cortázar con todos los poderes para solucionar el caos del transporte exigirá que Velasco abra la billetera fiscal, considerando que no es sólo la estabilidad del Gobierno lo que está en juego, sino la continuidad de la propia Concertación.

El desembarco del “Mapu-Martínez” también coincidió con una distensión en la rígida relación que han mantenido la Presidenta y la actual timonel de la DC -y esposa de Martínez-, Soledad Alvear. Eso, sumado al rodaje del nuevo gabinete, le permitirá un respiro a una Bachelet que en la soledad que vivió estos días mostró un semblante triste y tenso. Pero, como concluye un personero laguista, el respiro puede ser corto si los problemas pendientes no se solucionan con el actual equipo: “y ya no tiene más cartuchos que quemar para seguir sorteando crisis”.

Fuente: http://diario.elmercurio.com/2007/04/01/reportajes/_portada/noticias/BDCF8426-30DC-4E03-B878-2F0E7E379826.htm?id=%7BBDCF8426-30DC-4E03-B878-2F0E7E379826%7D

Cambio de gabinete en el gobierno de Bachelet: un giro más hacia la derecha

“La crisis en el Transantiago fue el pretexto utilizado para producir un giro más a la derecha en la conformación del gabinete ministerial. El cambio significó la remoción del ministro de Transporte Sergio Espejo y su reemplazo por René Cortázar, que al momento de su designación era miembro de varios directorios de grandes empresas. Otros ministros con importantes responsabilidades en la crisis producida, como el ministro de Hacienda, salieron, en cambio, fortalecidos. Cuando antes del diez de febrero se discutía al interior del gobierno el inicio o no el Transantiago “fue -señaló la nación- Andrés Velasco quien inclinó la balanza. …proyectó un escenario de crisis –agregó-, basado en la ola de recriminaciones que vendrían hacia el Gobierno y el ‘daño’ al erario si el Transantiago se retrasaba y había que indemnizar a los operadores” (01/04/07). Una vez más fue la opinión de Hacienda la que se impuso…

Cuando Michelle Bachelet recién asumió –aunque el conjunto de su política económica fue absolutamente continuista- en sus discursos subrayaba la necesidad de modificar la regresiva distribución de los ingresos, mejorar la deprimida situación de amplios sectores del país y generar una activa participación ciudadana. La designación del gabinete ministerial constituye una virtual renuncia a estas formulaciones y tiende a hacer plenamente coherente toda su gestión con la orientación dominante en su política económica.”

Por Hugo Fazio,
articulo completo, en

http://www.elquintoinfierno.cl/?p=795

Bachelet: Eres una vergüenza para tus propios compatriotas, por favor renuncia, no sigas:
-Haciendo sufrir a los pobres con un sistema mal diseñado y mal hecho, en dónde tú y tus secuaces van a tener que dar la cara y vérselas en el momento de asumir responsabilidades.
-Ganar elecciones a la mala: Qué vergüenza, plata de todos los chilenos usada para sacar ventaja. un vergonzoso intervencionismo electoral con un descarado uso de fondos fiscales. ¿no te da vergüenza ganar elecciones así?
-Desastrosa gestión de empresas públicas: el EFE pierde miles de millones de dólares al año y nadie se hace responsable, perdemos todos los chilenos.
-Entrega de píldoras abortivas a niñas de 14 años. Hecho de menos a algún católico que de la cara en el mismo gobierno.

El ex presidente Lagos merece un capítulo aparte: ¿se cree tan macanudo acaso para no referirse siquiera al desastre del Transantiago? ¿porqué no da la cara como hombre y no asume responsabilidades? ¿no tendrá responsabilidad penal en los casos de corrupción acontecidos en su gobierno?

Chilenos: No le sigamos creyendo a este gobierno socialita que juega con los pobres.


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